La muerte de la muerte (1)

Un poco de ceniza esparcida sobre la hoja, una pluma dirigida, una mano que se desliza en el papel, se extraña el lápiz que es más fiel, la postura recostada sobre el lecho y el torso desnudo tapado por una almohada que sirve de mesa, la luz que cae del centro de la habitación y la sombra de la punta y de la mano cobijando cada letra, la boca tarareando cada palabra, el corazón suave que palpita, el estomago haciendo su siempre ritual ruido, la mirada concentrada entre el efecto y la causa, y mis ideas corriendo a lo que da la rueda.

 

18 de Febrero. Aquél día era un Martes frío, con intensa nube cubriendo el cielo, no podía definir si era temprano; si era tarde, el clima era el mismo, el olor a lluvia era el mismo, el frío encendía el calentador que empañaba las ventanas y el jazzista practicaba con los ojos cerrados, con guantes de algodón negro y un sombrero recargado sobre el piano que esta a un lado del saxofón roto.

 

El teléfono detuvo mi escritura, había dejado de sonar pero la insistencia del que persevera me hizo dudar la importancia de esa llamada, pasó por mi mente el motivo, pasaron rostros reconociendo el móvil tan persistente, me desconcentre y decidí que si volvía a sonar contestaría.

 

– ¿Bueno? – contesté un tanto insolente, y el silencio que expresa algún ruido no me contestó.

– ¡Bueno! – un poco más intenso, y escuche un suave suspiro agitado, constante al otro lado de la bocina.

– ¿Quién habla? – la incertidumbre había hecho su cometido, cuando una suave voz conocida, respondió:

– Te necesito – en un suspiro el sonido de sus palabras abrieron el canal de mi mente, mi memoria enfatizó los sentidos.

– ¡En dónde estás! – respondí con el mismo tono golpeado, y su única respuesta fue el azote del auricular colgando.

 

Me acerque a la ventana que da a la calle para perderme entre el movimiento y encontrar alguna explicación, para encontrar algo de razón a esa llamada sospechosa. Mis ojos mostraron con gestos que mi cerebro estaba trabajando, sabía que tenía que hacer algo y pronto. Por alguna razón sabía a donde dirigirme, que sorpresa.

 

Inmediatamente me vestí, la cafetera rechiflaba que mi almuerzo estaba listo y mientras me acomodaba una manga de la gabardina, el otro brazo dirigía aquella taza verde a mi boca para darle un sorbo a ese café tan exquisito.

 

A las cinco de la tarde se pierde la noción del tiempo en aquel día nublado, estaciono mi coche cerca pero no tanto, abro la puerta del coche y con sigilo recorro la escena para ubicarme en ese espacio. Me dirijo lentamente a su puerta cruzando por la calle y observando el largo y ancho de la casa.

 

La puerta estaba emparejada; alguien había estado ahí o me seguía esperando…

Continuará…

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3 Comments

  1. GSUS: Hermano, solamente tengo que expresar un WOW!!!! Cada día creces más como escritor. Eres finamente sabio en corazón y espíritu y el movimiento de tus manos sobre el teclado es DINAMITA PURA!!!! FELICIDADES!!!!
    El otro día cuando hablamos al respecto en el estacionamiento ya me lo habías comentado. Has dado pasos agigantados y en un mes has crecido una inmensidad.
    ERES Y SIEMPRE SERÁS UN GRAN ESCRITOR Y FILÓSOFO.

    Responder

  2. Gsus la neta, la neta, la neta…

    ME ENCANTO! Me agrada mucho la forma en que escribes y me gusta, que en esta ocasión no te eleves tanto… O me equivoco? De hecho no se si tu historia se dirige un poco hacia la persona que creo o estoy muy perdido ( la argentina jejeje 😉 )

    No es cierto mi Gsus… Espero la segunda parte y que no exista una tercera

    Responder

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